un cappuccino 

“Quiero contarles una historia”, afirma un hombre de 52 años. Como buen paisa, termina contando más de dos, tres, cuatro y la cuenta sigue. Las fotografías son su mina de respuestas. Son innumerables, ricas, cotidianas, todas, simbólicas. 


“Le agradezco si me dice Chucho, hermano”, asevera ante los asistentes a su taller, Geografías de la memoria, un campo de batalla por la verdad. La sesión ha sido una batalla frente a la realidad colombiana, frente a las decenas de historias que ocupan un espacio en la memoria de Don Chucho.
A esta charla llegaron tres hombres sin previo aviso. El Festival GABO no los tenía en el radar (hasta hora). Eran tres más en la ciudad de la Eterna Primavera. Eran tres más en medio de la crema innata del periodismo. Eran como los demás: iban en busca de cappuccino gratis, recibían diarios y aromáticas, claro está, regaladas. 


Eran ‘el grupito de atrás’. Estaba “El Valluno que no baila’, luego, ‘La Muerte’ (así le llaman sus alumnos), por último, ‘El Estudiante’. Ese fue el equipo que se ‘coló’ al taller dirigido por Jesús Abad Colorado, ganador del Reconocimiento a la Excelencia del Premio GABO 2019. 
La operación nunca se planeó. Un mensaje fue el primer paso. A La Muerte le informaron que existía una lista de espera, la fuente: alias El Valluno. Llegaron al lugar y había dos filas: en una los inscritos (allí se encontraba el informante), en la otra, argentinos, colombianos o gringos que esperaban por un cupo.


Minutos después, Chucho estrechó la mano de El Valluno y tocó los hombros de los otros dos. Don Chucho, es como los más de 48 millones de colombianos que hay en este país. Tiene dos ojos, dos manos, un par de manillas en la muñeca izquierda, habla con su madre y ella le prende un velón cuando sale a buscar historias. Ha dejado a sus hijos al cuidado de una tía para llegar a lugares donde otros medios no acuden. 


Desde 2001 no trabaja para ningún medio. En sus inicios se ganaba la vida tomando fotografías en bautizos y cumpleaños. Según él, no graba buenos vídeos. No es un Dios o un ser que viene de otro mundo, de hecho, es más humano que cualquiera. A él, también se le salen ‘palabras soeces’. ¡Ay jueputa!, gritó luego de recibir la picadura más dolorosa del mundo, de acuerdo a una escala elaborada por Justine Schmidt.


Don Chucho bebía agua y té; le dio un mordisco a la oblea que sostenía una mujer que posaba junto a él para una foto; compartió su número de teléfono; advirtió que le fascinan las tajadas de plátano; reiteró que la palabra se antepone a un World Press Photo; no dispara con la mejor cámara fotográfica; no fuma; vuelve a los mismos lugares, “cargado con fotos, como si llevara una piñatera”, menciona.


Como diría La Muerte: ‘Es un parroquiano más’… y no es el único.


Una mujer flaca con cabello rizado estaba perdida. Las gafas oscuras escondían los ojos que han visto pasar suicidas, magos, poetas, periodistas, fotógrafos y muchos más. 
 

- ¿Es Leila?, se preguntó el equipo. 
- Sí, respondió El Valluno.


La Muerte le cerró el paso y consiguió una fotografía. El Estudiante la convenció de enviar un video a su amigo: “Hola Jorge, soy Leila Guerriero, me dicen que has cometido el delito de leer varios libros míos, así que te mando un saludo. Espero que la tragedia de la intoxicación no aniquile tu vida. Te mando un beso. Chao”


Leila es una de las mejores cronistas de América Latina. Leila puede producir lo siguiente: ser el fondo de pantalla del celular de Jorge. Leila estiró la punta de sus rizos cada tanto; su chaqueta estaba un paso adelante del frío; descargó su bolso color café en el piso; rio con los ‘chistes negros’ de su compatriota, otro argentino, otro humano como ella y usted.


Si un día hay un partido de fútbol en el periodismo, el equipo de cronistas tendría en la titular a ese par de argentinos. Desde el papel serían temibles e invencibles, tal vez, en el césped, ya no dominen.


El otro sudaca hace honor a sus bromas. Envió a una joven en busca de 99 personas. Una mala operación matemática la condenó a ser el centro de una broma tan certera y sin modestias, al estilo Caparrós: sin agüero.  El argentino vestía zapatos en cuero y medias color negro, quizás son muestra de su personalidad. Martín Caparrós jugaba con su bigote, enrollaba cada punta, cumplida la tarea, una mano pasaba a la nariz. Es una manía, muy humana.


Un tercero los llamó Titanes del Periodismo. La DEA los observaba en primera fila. No se alarmen, mantengan la calma, era una gorra. Siete luces los enfocaban. Afuera, los esperaron cámaras, fotos y libros por firmar. Antes de salir por la puerta principal, Caparrós recibió una llamada de su primo desde París; contó que cuando escribió un cuento, un amigo le dijo: “es pésimo”; según Leila es más inteligente que ella.


Como ven, estos ‘Titanes’ son humanos. Tienen familia, sufren de sed, hacen chistes, ríen y juegan con sus pelos, eso sí, a su forma. Por entre los asistentes caminaron Mábel Lara, Yolanda Ruíz, Jorge Cardona, Alberto Donadío, Ómar Rincón, Fidel Cano Correa, entre otros. El maestro Javier Darío Restrepo no fue la excepción. Tomó apuntes en su libreta. Prestaba atención como un estudiante, su compañero de silla se despidió de él con unos golpes en el hombro. Luego, abandonó el lugar apoyado en su bastón.


El Festival GABO es el momento justo en que aquella crema que sobresale en el vaso se disuelve en medio del café. Al fin y al cabo, todos juegan a lo mismo: contar historias. 

 Texto - Leonardo Silva    
 Fotos - Christian Acuña  

 

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